domingo, 10 de enero de 2010

SUEÑO ROCOCÓ DE UN VIAJE EN AUTOBUS

La CAPU, la estación de camiones de mi ciudad. Hace tiempo que no viajo pero nada ha cambiado aquí. Cuando uno entra se impregna de los olores que traen las personas de aquellos lugares en donde han estado; unos huelen a sal, otros a tierra seca o mojada, algunos más a amargura y los menos a sexo, qué feo no hacer el amor antes de viajar (puede que no volvamos nunca). Uno puede ver a la gente que viene de pueblos, ciudades y países lejanos, todos con un olor característico, aunque el mejor es el de las jovencitas de los pueblos que huelen a chicle, huelen como mi mujer cuando amanecía entre mis brazos. También puede uno ver a los que esperan sentados, a veces pienso que entre ellos está algún loco perdido con miedo a hablar y con pena para pedir ayuda, a veces sostengo la teoría loca de que algún nostálgico viene a sentarse para esperar el retorno de un amor que en algún tiempo partió (yo lo haría). Luego los que bajan de la rampa de arribo con cara de susto, obvio, esa cara la ponen los foráneos porque temen a lo desconocido; de hecho por eso es más fácil que los asalten a ellos.

Todos miramos el reloj aunque no siempre esté en concordancia con los de las líneas de autobuses (no faltan las historias hilarantes de aquellos que han perdido en alguna ocasión su bus). Siete cuarenta y cinco; quince minutos para que salga mi camión y una hora desde que salí de casa; no debí emocionarme. Revisemos: seis pantalones, doce calzones por eso del calor, ocho camisas, dos playeras ligeras, tres pares de calcetines (para qué más), chanclas, tenis, huaraches, cargador para el celular, jabón no, shampoo no, pasta de dientes… ¡puta madre, el cepillo de dientes! Bueno, ni modo, allá lo compraré. Las ocho en mi reloj, genial, mi hora de abordar ha llegado.

Siempre miro por la ventana, me gusta sentirme hipnotizado por el paisaje y más cuando viajo solo. Qué lastima que sea de noche porque me gusta ver a las personas que abajo observan, imagino en sus pensamientos una inquietud por saber a dónde va la gente de los autobuses, tal vez sea una inquietud solamente mía, no sé. No me gusta viajar de noche, hay una desconfianza natural en mí por ser ella el momento en que dormimos la mayoría de la gente. Además en el autobús somos pocos; uno, dos, tres, cuatro… somos un número impar y no es por superstición pero esto provoca un desequilibrio en el camión. Imaginemos una curva cerrada, podríamos volcar o caer en una barranca; podríamos morir magullados y además la posibilidad de ser recogido en partes no me agrada. El viaje durará dieciséis horas.

Veo el amanecer del siguiente día y mi reloj marca las seis treinta. Para llegar a Mérida hemos de pasar por algunos retenes y espero que no paren nuestro autobús por mucho tiempo porque me urge encontrarme con Fabiola. Me urge decirle que la amo y que quisiera que viviera conmigo en Puebla. Pasa el tiempo pero se siente que no, tal vez sea el calor o quizá esta desesperación de haber caído en amor. Un nuevo ataque de emoción me inunda y me hace dormir, es bueno descansar la mente mientras llegamos.

Las once en mi reloj, acaso se vino más rápido de lo normal. Veo el de la Terminal y marca las doce. Qué ha sucedido, descompuesto mi reloj no lo creo, no importa. Busco a Fabiola pero no la encuentro, me dicen que no vive ahí. Veo las calles y entonces reparo en lo que mis ojos ven. Nada es igual, todo cuanto conocí hace tiempo ha cambiado. Puede notarse un ligero rejuvenecimiento en las paredes de Mérida. Qué día es, qué año: 1 de agosto de 1985. Claro, es obvio, en mi reloj pude haberlo notado pero no lo hice. Dilatación del espacio/tiempo por aceleración, en términos más simples, viajamos en el tiempo todos los que veníamos en el autobús aunque tal vez a ellos no les interese mucho, bien podrían encontrar a la persona que buscan en cualquier fecha, pero yo no. Yo necesito encontrarla antes de que se vaya porque entonces no habrá tiempo para más. Su enfermedad así me lo exige, pero, cómo es la suerte, en este tiempo ni siquiera la he conocido. He fallado nuevamente.

Tal vez los del ADO lo sepan pero no hablan de ello por miedo a perder clientes, sin embargo no se han dado cuenta de que, a pesar de haberme llevado a donde no quería (en tiempo, claro), han descubierto el portal de la trascendencia más grande del mundo. Aquí, con ellos, las teorías de Einstein pasan de inteligibles a sensibles; pasan de mera teoría a práctica. Disminución de densidad, aceleración de partículas, encuentro con la luz en diferentes momentos. Han descubierto cómo remediar los errores del pasado. Voy a la Terminal y exijo hablar con el gerente, no ya para reclamarle el haber afectado mi relación con Fabiola, en este tiempo apenas he de estar por conocerla y he de tener allá en Puebla como 15 años; vengo para decirle que he descubierto su máquina del tiempo y para demandarle que me regrese al mío, puesto que preciso amar en él a mi mujer. Cuál seguridad, señor, resuélvame mi problema, qué acaso usted no tiene familia. Mire mi boleto qué fecha tiene, mi boleto, mi boleto, me robaron mi boleto. Ladrones, mi boleto, mi boleto.

Señor, señor; despierte, ya llegamos ¡En dónde estoy; qué fecha es! En Mérida, 1 de agosto de 2009 ¡Fabiola, Fabiola!