domingo, 14 de marzo de 2010

El viento y el tecolote

Sentado en el sillón mirando el televisor. Voces del más allá está en su punto máximo y a ratos siente que el alma lo abandona. ¿Pero qué antojo de ver películas en la noche? Se quita las chanclas y sube sus pies descalzos compactándose hacia el respaldo del sillón. Comienza a sentir miedo: tensa sus músculos con escalofrío, mueve sus ojos buscando un lugar seguro, comienza a imaginarse cosas: alguien atrás, debajo del sillón, o a un lado respirando casi en su oído. De pronto se va la luz. Viene la tremenda oscuridad tan honda que sus ojos ven nada. Late su corazón aprisa y está temiendo que se vuelva realidad lo que piensa, que en las tinieblas algo le aceche. Se encoge y abraza sus piernas. Quisiera levantase e ir por una lamparilla pero le da pavor bajar los pies descalzos, quizá sea real y exista bajo el sillón un monstruo de garras enormes que espera a un ingenuo que se atreva a bajar las patas, jalárselas y entonces llevarlo a otra dimensión. Comienza a ver, ¡Oh maldita luz, ¿Por qué dependemos tanto de ti, por qué existes menos que la oscuridad?! Y regresa la luz. Se levanta, enciende todas las luces de su casa y busca la lámpara. Se sienta de nuevo un poco más tranquilo, sube sus pies, pone la lámpara en el brazo del sillón y enciende el televisor. Afuera, en su patio, el viento corre como tormenta y se escucha como algunas cosas son arrastradas y estrelladas. Sigue viendo su película… y viene el apagón. Tienta buscando su luz y la tira, escucha como se ha destrozado. Regresa el miedo a su cuerpo, está paralizado y trata de encontrar un punto luminoso que le devuelva la vista. Se hace notoria la fuerza del aire en la oscuridad. De momento silva el viento y oye como lo está llamando. Jala aire y chilla como una rata, se encoge. Sus pelos se erizan. Siente el latir de su corazón, tambores que tocan una danza fúnebre e inundan sus oídos de miedo. Está erecto, el miedo a ser aniquilado ha despertado su instinto de trascendencia; si en ese momento pasara la llorona, moriría dándole sus hijos perdidos al hermoso espectro que vaga por las calles pregonando con su hipnotizante quejido doliente ¡Ay mis hijos!, y lo imagina así. Lentamente van apareciendo los objetos ante sus pupilas dilatadas. Una tenebrosa luz blanquiazul viene de afuera, se levanta y cuando pone el pie en el suelo lo recoge luego luego, está muy frío pero sin a qué temerle. Camina al ventanal y mientras se acerca no deja de pensar en que cuando corra la cortina estará esperándolo una cara malfigurda lista para disparar por su cuerpo el miedo y robarle el aliento. Lento, lento. Ya mero. Suda frío y tiemblan sus manos como si ellas no quisieran que se abrieran las cortinas. Escalofrío, adrenalina, miedo y abre la cortina de sopetón.


Su corazón ya no late. La luz de la luna que entra por el ventanal dibuja la silueta de un cuerpo tumbado al suelo y una sombra cruza por su panza: ora si, ora no, es una camisa blanca que en su patio está siendo azotada por el aire. A su oído aún no muerto llegan unos pasos de pies descalzos. Lo toma de su tobillo izquierdo la mano de una mujer y lo arrastra hasta el patio donde un cíclope nocturno los observa desde lo alto mientras parpadea con el paso lento de unas nubes opacas. Se abren las puertas del infierno y descienden por la escalera la mujer de blanco y el miedo. Él va azotando la chaveta en cada escalón y deja en ellos un rastro de sangre parda que se coagula instantes después. Se cierran las puertas. Sube la marea del viento y arranca del tendedero la camisa blanca que se eleva hasta la punta de la mufa donde un tecolote picotea los cables de la luz. Luego levanta el vuelo y se aleja con movimiento siniestro en sus alas, se pierde entre las nubes que atraviesan el ojo de la noche, mismo observa a través de un ventanal un cuerpo tirado y sin movimiento.


Regresa la luz, no hay movimiento. Todo duerme excepto el viento y el tecolote que andan de trabajo.